El nuestro es un país joven. Sus 200 años lo hacen casi un adolescente en comparación con las historias y culturas milenarias de Europa y Asia. Sin embargo, este bicentenario debe ser considerado un hito, el cual tendremos que aprovechar para analizar las acciones del pasado y planificar el futuro, para consolidar una vida más próspera para los habitantes de este suelo.
Cuarenta y ocho presidentes, dos guerras grandes devastadoras con países vecinos, la dictadura más larga de Latinoamérica, un partido con más de 60 años en el poder y una larga transición democrática que apenas culminó en el 2008 (casi dos décadas después del derrocamiento del dictador), forman parte ya de manera indeleble de nuestra historia patria.
Gente poco acostumbrada a la libertad, conformista y con miedo a los grandes cambios, la ciudadanía paraguaya ha ido transitando este proceso mirándolo desde lejos primero, e involucrandose de a poco, después, llegando a tener una participación decisiva en los hechos que contribuyeron a consolidar el proceso político nacional.
Es imprescindible echar una mirada al pasado para entender el carácter del paraguayo, una persona que habla en español pero piensa en guaraní, lo que le da una imagen ambivalente muy difícil de entender para quienes llegan de fuera.
Un poco de historia
Los próceres de mayo nos confirmaron lo que ya nos habían enseñado nuestros antepasados guaraníes, que es mejor solucionar los conflictos con la negociación que con el enfrentamiento. Esta es una constante a lo largo de casi toda nuestra historia, desde que los primeros españoles se encontraron con indígenas dispuestos a concertar acuerdos, aceptando la nueva cultura pero negándose a perder la suya. Con los jesuitas y franciscanos pasó lo mismo. Ambas congregaciones tuvieron que aprender el idioma nativo y respetar su arte y su cultura para poder evangelizarlos. Debe ser ése uno de los motivos por los cuales el guaraní es el único idioma nativo que sobrevivió con estoicismo durante todos estos siglos, pasando de generación en generación y conservándose como lengua materna de una ciudadanía que pocas veces ha mostrado tanta tozudez en otras cuestiones.
Los próceres, decíamos, hicieron lo mismo que sus antepasados. El levantamiento de Mayo de 1811 fue firme, pero pacífico. Allí no corrió sangre (ya había corrido suficiente unos meses antes con la incursión del ejército argentino comandado por Manuel Belgrano, que intentó convertir a nuestro país en una provincia del suyo). De la mano y la mente sagaz de Gaspar Rodríguez de Francia, se logró que el gobernador Velazco depusiera las armas y aceptara integrar un triunvirato que tuvo corta vida, apenas la necesaria para que las fuerzas españolas perdieran el interés en reaccionar.
La decisión de Francia de aislar al país durante su mandato de dos décadas, hizo que durante mucho tiempo después lleváramos colgado el sambenito del aislamiento como país. Esto se notó durante la dictadura de Alfredo Stroessner, ignorada por organismos internacionales que se manifestaban y presionaban a otros gobiernos dictatoriales vecinos nuestros, sin fijar la vista en nuestra situación. Nos convertimos en una isla de la que poco a poco fuimos saliendo durante la transición. Por si fuera poco, uno de los primeros atisbo de nuestra existencia que tuvo la comunidad internacional, fue con el nefasto título de “campeones de la corrupción” que nos dieran organismos como Transparencia Internacional.
Si bien se nos hizo cuesta arriba ser reconocidos y respetados como país, sí hemos tenido desde siempre individualidades que dejaron bien en alto el nombre de Paraguay en el mundo en diferentes ramas: el arte, la música, el deporte. Paraguayos y paraguayas, como Agustín Barrios, Augusto Roa Bastos, Víctor Pecci, Arsenio Erico, Berta Rojas o Luis Szarán, por citar apenas a unos pocos, han dejado grabado el nombre de nuestro país en los escenarios artísticos o deportistas más exigentes. Y extranjeros que asumieron esta patria como suya, como Rafael Barret y Josefina Plá, lograron que en muchos lugares se empezara a hablar de Paraguay en forma positiva.
Individualidades destacadas y reconocidas, sí. Somos un pueblo al que todo lo colectivo le costó mucho esfuerzo siempre. Ese nacionalismo que vemos en otra gente, que la impulsa a destacar siempre el nombre de su país, en nosotros ha permanecido dormido durante mucho tiempo, quizás como consecuencia de los largos años de dictadura en donde el “sálvese quién pueda” era una premisa aceptada y asumida por todos. En Paraguay, durante demasiado tiempo, cada quien debía consolidar su presente y labrar su futuro en forma individual, con la familia como único norte. Nación y patria eran conceptos lejanos, poco involucrados en la realidad del día a día.
Pero precisamente durante la dictadura que exacerbó el individualismo nacional, fue cuando empezaron a brotar las primeras manifestaciones colectivas, casi todas de resistencia, y si bien no tuvieron mucho peso en la caída del régimen, sí lo tuvieron en los años de la transición, cuando la participación ciudadana se convirtió en un elemento clave de los cambios, grandes unos, casi desapercibidos otros, en los que se basó la consolidación de este largo y penoso proceso. El punto más álgido de este sentimiento colectivo se vivió en el llamado “Marzo Paraguayo” de 1999, cuando una manifestación de jóvenes, campesinos, docentes y ciudadanía toda, logró hacer caer al entonces presidente de la República, Raúl Cubas Grau, luego de 5 días y 8 muertos (el vicepresidente Luis María Argaña y 7 jóvenes manifestantes). Más allá de las decepciones posteriores, lo destacable es que durante esa semana se aprendió que la ciudadanía paraguaya estaba en condiciones de actuar solidaria y colectivamente en pos de un bien común.
Y ahora, ¿qué?
Luces y sombras; avances y retrocesos. La nuestra no es diferente a la historia de cualquier nación que surge por el empuje y la valentía de unos pocos y debe luego bregar para afianzarse como tal, aprendiendo el arte de la convivencia sobre la marcha, probando y corrigiendo normas que nos obliguen a respetarnos y adquiriendo sentido de pertenencia con el paso del tiempo.
Ese orgullo de ser paraguayos que hasta hace poco solo nos hacían sentir los goles de la Albirroja, poco a poco ha ido ganando espacio y hoy por hoy se manifiesta colectivamente por diferentes motivos, como el hecho de que nuestro país haya sido catalogado como el de mayor crecimiento económico de la región durante el 2010. Los cambios políticos ocurridos durante los últimos años, si bien no demostraron ser todo lo rápidos que hubiéramos querido, nos dan la sensación de que hay un nuevo Paraguay que está naciendo de los cimientos, que basa su consolidación en la educación ciudadana.
Las cartas están echadas. El país está avanzando a pesar de los agoreros, los nostálgicos y los retardatarios. Por cada 10 funcionarios públicos planilleros, hay 1.000 maestras que enseñan sin contar con un rubro en el Presupuesto General de la Nación; por cada 100 corruptos, hay 100.000 paraguayos y paraguayas honestos, que trabajan por ellos, por sus hijos y por su sociedad. Por cada 100 bandas de delincuentes, hay 50.000 asociaciones barriales que pelean por lograr una vida más digna y más sana en su comunidad. El cambio está en marcha y ya no habrá retrocesos posibles. Para que se consolide es preciso contar con la firme decisión ciudadana de educarse para vencer a las inclemencias e imponerse a los numerosos obstáculos, no mayores a los que debimos enfrentar en estos 200 años de historia. Finalmente, la concreción del sueño de un país justo e igualitario solo depende de nosotros, como siempre.
¡Felices 200 años Paraguay! ¡Y mucho más felices, los 200 años que vendrán!