Que la prensa nacional ha cometido excesos y abusos en estos largos años de transición es cierto, pero no es menos cierto que muchos grandes negociados o abusos de poder han llegado a conocimiento de la ciudadanía a través del trabajo de esforzados y valientes periodistas que han vencido el temor a las presiones y amenazas.

Siempre se ha dicho que son preferibles los excesos de la prensa que un país sin libertad de prensa. Esta última es la única que garantiza un mínimo grado de racionalidad y control en nuestros gobernantes, sean estos del color que fueren.

Fernando Lugo ganó porque su mensaje llegó a la ciudadanía y la prensa lo apoyó. Pero se equivoca nuestro presidente si piensa que por haber ganado a los colorados después de 61 años de descontrol, tendrá el aplauso obsecuente y absoluto de los periodistas. No está bien que lo pretenda, no está bien que lo consiga. Es la alerta permanente, es la crítica a lo que está mal, lo que le dará garantía y aval para hacer bien las cosas.

Al fin y al cabo, ¿cuál habría sido la historia si la prensa no denunciaba que su pariente y el de Franco habían obtenido altos cargos en Yacyretá? Si nada se sabía, ¿se les hubiera permitido continuar? Si los nuevos gobernantes pretenden ampararse en el silencio o la ignorancia ciudadana para decidir sus acciones, están equivocando el camino desde el vamos.

Antes que criticar la dictadura de la prensa, Fernando Lugo debe adecuar su actuación y la de su problemática y, parece, ambiciosa familia, a la ley y al Estado de Derecho. Esto le ahorrará problemas y malos tragos.

No es matando al mensajero como impedirá las malas noticias.