Una de las formas modernas de atacar a la libertad de prensa es a través de la publicidad estatal. Cuando el Estado premia o castiga a un medio chantajeándolo con su publicidad, está apelando a la censura aunque no lo aparente. Pero a diferencia de la censura que existía en la época de la dictadura, esta es aún más vil porque requiere de la complicidad de la otra parte.

El gobierno de Nicanor Duarte Frutos utilizó la publicidad de Itaipú y Yacyretá en forma desvergonzada para evitar investigaciones serias sobre las hidroeléctricas y el abuso de los fondos sociales. Y consiguió su objetivo ya que el botín era lo suficientemente interesante como para que los medios se dejen seducir por esa plata dulce que les llegaba casi de arriba y algunos, incluso, basaron en ella su supervivencia.

En el momento en el que la publicidad estatal se enseñoreaba con más fuerza y poder en varios medios y periodistas, Mabel Rehnfeldt decidió enfrentar al monstruo y atacó de frente al hombre fuerte de Itaipú, el socio y protegido del presidente, Víctor Bernal.

A lo largo de sus investigaciones recibió todo tipo de amenazas… y ningún apoyo de la gran mayoría de sus colegas. Esto tenía lógica porque al fin y al cabo ella estaba atacando intereses que nada tenían que ver con la misión del periodismo sino con el enriquecimiento fácil e irresponsable. Sin que nadie lo dijera abiertamente, Mabel se convirtió en una piedra en el zapato de varios periodistas, algunos de los cuales se dedicaron a blanquear a Bernal dándole entrevistas donde el pudo defenderse pretendiendo envilecer la investigación.

Salvo el diario en el que se publicó la serie, ni la prensa se hizo eco ni la justicia tuvo interés en investigar los numerosos documentos que ella fue arrimando a lo largo de su investigación. Y cuando parecía que era un trabajo más que iría a parar al basurero, sin pena ni gloria y sin justificar las presiones, la angustia y el miedo, una organización internacional decidió premiarla por la mejor investigación periodística realizada en Latinoamérica.

El premio de Transparencia Internacional para Mabel Rehnfeldt ratifica que ella estuvo en el camino correcto, que el silencio cómplice no logra acallar la verdad y por sobre todo, que siempre hay gente, cerca o lejos, que está dispuesta a valorar un trabajo valiente y bien hecho.

Me encantaría saber qué estarán pensando en este momento todos esos periodistas seudo valientes y democráticos que cuando debían apostar a la verdad y la transparencia, decidieron pensar en sus arcas personales. ¿Sentirán vergüenza? No lo creo, esos hace rato perdieron cualquier rastro de vergüenza.