Toda la esperanza que nos nació el 20 de abril sería vilmente traicionada si las autoridades electas no demuestran su férrea intención de construir un país diferente, con un abierto combate a la corrupción y el clientelismo.

Estos meses de transición hasta agosto son de expectativa y ansiedad. Estamos alertas a las señales que nos envía el nuevo presidente porque pensamos que ellas nos indicarán el tipo de gobierno que hará y si está o no dispuesto a jugarse por un país para todos, como nos prometió durante la campaña electoral.

Quizás pequemos de ansiosos pero es natural. Una gran mayoría no ha vivido bajo un gobierno que no sea colorado y tiene lógica que al cambiar por fin el color del Palacio de López pensemos que el cambio real debe empezar ya, ahora, sin esperar el 15 de agosto.

Por otra parte, es iluso creer que quienes por los resultados deberán morder el polvo de 5 años de llanura, después de 61 de descontrol y abusos, se quedarán tranquilos, lamiendo sus heridas y respetando los resultados. El pueblo colorado tuvo la altura cívica de hacerlo después de las elecciones, pero sus dirigentes siempre fueron algo muy diferente.

Estoy segura de que el nombramiento de parientes del presidente y vicepresidente electos en Yacyretá fue una jugada estratégica de quienes perdieron el poder, para embarrar la cancha y dificultar la tarea de Lugo. Sin embargo, esta jugada tuvo éxito porque encontró en la contraparte a personas lo suficientemente estúpidas o ambiciosas que se prestaron. Si los parientes hubieran dicho que no, Nicanor, Galaverna y compañía se hubieran quedado con las ganas. Esto no es nuevo, la deshonestidad de unos siempre se ha nutrido de la estupidez o la ambición de los otros.

Pero todo esto no sería más que  una simple anécdota, un intento ridículo de los sinvergüenzas, si Fernando Lugo hubiera tenido la firmeza de desautorizar a su pariente y exigir su renuncia inmediata. Todos esperamos que nuestro presidente tenga esa firmeza. Los tiempos que se le vienen encima serán duros, los chacales estarán cada vez más atentos para atentar contra su gobierno con trampas y señuelos. El debe ser fuerte, debe ser tajante, sin cortapisas. Es la única posibilidad de que haga un buen gobierno, uno que beneficie a todos los paraguayos.

Por el momento, con su tibieza  y casi complacencia al desentenderse del problema, está aplazado. Ojalá que esto no haya sido nada más que un pequeño tropezón. Ojalá, de corazón.Â

Marilut Lluis O’Hara